El arte de la aceptación

Ó el arte de la no frustración. Admiro ese poder intrínseco que tienen algunas personas de aceptar y fluir con todo lo no previsto que acontece en su vida.

Admiro el poder de aceptación y trabajo en ese sentido. Ese “digerir emocional” de cómo están las cosas. Ni bien, ni mal, sencillamente están.

Aprender a aceptar es un súper poder que nace de la voluntad y el esfuerzo diario de darle la “vuelta a la tortilla”, de cambiar ese punto de vista y de evitar mirar atrás. Porque lo importante es cómo te desenvuelves en el ahora.

Aceptar se acepta todo. Pero los resquicios de frustración, tristeza y apatía hay que saberlos gestionar. Ése es el verdadero artista, el que hace de todo este proceso un episodio épico donde por supuesto la batalla siempre es ganada.

Quizás tú también formes parte de esa aceptación mundial de que las cosas, no siempre vienen como pensabas. Que hay piezas que no encajan y que a la película creada allá por los 2000 le faltan tramas y le sobran batallas. No te quedará otra, que aceptar el papel asignado; echarle imaginación, fortaleza y cierta dosis de comicidad para ver que lo importante nunca fue la sinopsis en sí, sino la forma en que el protagonista se hizo con todo.

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Levantarse es una obligación

“Triunfar en la vida no es ganar, es volver a levantarse” (Rafael Santandreu)

Parecía premonitorio cuando lo leía unos días atrás. Porque sí. A levantarse se aprende a base de caerse, de que te caigan y de que no las veas venir.

No es ceguera, son cosas que pasan.

La verdadera victoria nunca la verás, nunca será una victoria “al uso” de aquellas que te reportan un bien material o algo comúnmente aceptado por todos. Las victorias, a veces, vienen en silencio, sin demasiado jolgorio, en forma de vivencia, de amistad o de familia. Entonces, el verdadero éxito no habrá sido ganar en sí, sino haber aprendido que después de la caída siempre volviste a andar.

Ahí se forjará la verdadera resiliencia. Tus fortalezas y tú yo más puro.Te moldearás a ti mismo tantas veces como tropiezos tengas y conseguirás hacer una armadura a prueba de caídas libres.

Nunca sabrás cuándo te caerás, tampoco si habrá piedras por el camino, pero cuánto más preparad@ vayas emocionalmente sabrás reponerte más fácilmente.

Por último, deseo, espero y ansío que nunca cejes en el empeño de que levantarse, no es una opción, es una obligación.

Por ese brindis Carlos, y los nuevos comienzos

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15 meses y 28 días después

Este tiempo ha bastando para volver. Para tener ese estado “socialmente aceptado” de trabajadora. Ahora sé, que el trabajo no lo es todo, que este no define a las personas, que nada ni nadie es indefinido ni imprescindible, que lo único constante en la vida es el cambio; y que lo verdaderamente importante es la salud. Real.

1 año, 3 meses y 28 días después, no habido grandes cambios aunque, quizás el más significativo de todos, sea el que no se ve, pero tú, lo sientes. De aquí, aprendí también, que los cambios se hacen tangibles con el tiempo. 

Con m u u u u c h o t i e e e m p o.

Supongo que era necesario volver a los orígenes, familiares y laborales. Conectar con mi yo más profundo y practicar la auto compasión. Jugar con Carlota. Perder la vergüenza. Practicar más ejercicio. Construir Legos. Reconciliarme con los domingos. Valorar, aún más, la verdadera amistad. Devorar libros. Aprender a cocinar, de verdad. Pero sobre todo, ser consciente que a pesar de todo, siempre fui una privilegiada. Aunque yo, no lo viese hasta los últimos meses. 

Tenía que ser así. Pasado el tiempo, he aprendido que no por más desear las cosas salen antes. Que lamentarse solo alimenta tus pensamientos más tóxicos. Que aceptar no es resignarse; es vivir el presente con actitud y optimismo. Que todo pasa PARA algo. Y que, asimilado todo lo anterior, lo más importante es la versión que sacas de ti mism@ después de la tormenta: más resiliencia, más fortaleza y más confianza. Pues entonces, valió la pena.

Una vez leí que cuando no nos enfrentamos de forma consciente a las cosas, estas, se aparecen en forma de destino. En ese momento, supe que mi destino estaba escrito muchos años atrás y que solo bastaron dos palabras para que se hiciera realidad. 

1 año, 3 meses y 28 días después, tengo trabajo. Por eso, disfruto y valoro la oportunidad de volver a ser parte de aquello que siempre me gustó: comunicar. Me tomo mi tiempo antes de dormir para seguir agradeciendo lo afortunada que soy; y no solo por trabajar sino por haber aprendido, interiorizado y transformado aquello que tenía pendiente. Gracias.

“Lo que niegas te sometes, lo que aceptas te transforma” (Carl Gustav Jung médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo.)

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La no pertenencia a los lugares

Con los meses he aprendido a no tener esa sensación irrefutable y casi mágica de no pertenecer a esos lugares de los que nunca fui o que con el tiempo me di cuenta que no eran para mí.

A no pertenecer se aprende a base de vivir fuera de la zona de confort, por obligación o elección. De concebir cada día como algo diferente e irrepetible y a vivir con esa extraña, pero cada vez más nuestra, percepción, de que nada es para siempre.

Cuando careces del sentido de pertenencia hacia un lugar, no sufres ni lloras. Sencillamente vas y vienes. Un día llegas y al cabo de 2 meses y medio te vas. Con la misma sensación de no dejar demasiadas pertenencias emocionales por el camino, aunque a veces sea demasiado tarde.

No pertenecer a los lugares, te hace más libre, porque sabes, ya de un tiempo atrás, que en cualquier momento todo vuelve a cambiar y tendrás que volver a empezar.

Por eso, de los lugares en los que estoy, me quedo con la vibra, con las formas y sobre todo con las miradas. Entonces, fabrico un recuerdo y con él, esa maravillosa emoción que tenemos de volver a ella siempre que queramos.

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Carta a mi yo de 30

Empezaras la década de los 30 rompiendo lazos para volver hacerlos más fuertes y resistentes, pero esta vez, serán los que te unan, más que nunca a tí misma. Los primeros años estarán llenos de viajes, inquietudes y experiencias nuevas por descubrir. Nunca serás tanta luz y oscuridad al mismo tiempo. No te asustes, a veces hay que caer para volver a resurgir.
Con el tiempo te asentarás, y entenderás que todas las respuestas empiezan y terminan en uno mismo.Descubrirás el placer de observar todos los atardeceres de Madrid y aprenderás a descifrar que siempre hay estrellas que brillan más. Vivirás y amarás intensamente a partes iguales y descubrirás que hay tantas versiones de uno mismo como las que tú quieras mostrar. Seguirás estudiando y nunca lo dejarás, porque mantendrás intacta esa capacidad tuya de seguir sorprendiéndote con cada cosa nueva que hagas.

A veces querrás parar el tiempo y te comprarás una taza que te recuerde que los domingos en la mañana necesitarás el “pause”. Desarrollarás gran fortaleza mental y emocional para hacer frente a imprevistos personales e interpersonales. No te preocupes, contarás con personas que te guiarán de camino a casa.

Retomarás el barrio por unos años y vivirás confinamiento y auto confinamiento a partes iguales. Descubrirás el placer del autoconocimiento, el significado de las emociones y te adentrarás en el mundo de la meditación. Tu capacidad observadora se multiplicará y descubrirás el verdadero placer de leer un domingo en la tarde. ¡Quién no los iba decir! Serás parte de un grupo maravilloso y sentirás que a pesar de tener caminos diferentes tus amigas de siempre seguirán estando detrás del “Y tú, ¿cómo vas?”

Volverás a los orígenes profesionales de los 20 y te darás cuenta que ser parte de la solución de los problemas es más gratificante de lo que podías imaginar. Serás compensada y felicitada por ello. Nunca las miradas habían agradecido tanto.
Habrá tiempos de incertidumbre y días en los que nada ni nadie podrán darte la solución que esperas, pero ten por seguro que pase como pase todo, saldrás victoriosa.

Esto no será inmediato. Porque a estás alturas ya estarás curtida en eso de la resiliencia y la confianza. Con el tiempo te darás cuenta que no fué el camino lo que te hizo ser distinta, sino las tormentas que atravesaste mientras lo hacías.

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Todo lo que fué el 2020

Ni bueno ni malo, simplemente, el 2020 fué. Y a veces es mejor ser y estar, por eso de vivir pero sobretodo, de contar.

El año pasado, considerado mundial y personalmente como desestabilizador, ha sido cuanto menos transformador.

Y es que no hay nada más desafiante a la par que motivante que ser el resultado de una cadena de despropósitos medioambientales, laborales y emocionales conectados a un único sujeto; Tú mism@ como tu propio experimento vital.

Acontecimientos adversos, pandemia por medio y previas batallas de un tiempo atrás me han hecho adaptarme de la forma más sorprendente y sutil a lo que nunca me hubiera podido imaginar, en un momento de lo más irreal.

Poco más puedo decir, de un año que prometía ser apoteósico en cambios y cero en propósitos. Pues así ha sido. Por suerte, siempre contaré, que a pesar de todo, de aquel 2020, salí ilesa emocionalmente y más fuerte personalmente.

Edited with Afterlight

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La falta de oportunidades

No hay oportunidad. No hay ni un atisbo de apuesta por alguien con ganas, con energía, con inquietudes. El match con el trabajo tiene que ser compatible 100%, porque aquí no hay amor a primera vista, ni un vamos a ver cómo trabajamos juntos, ni un “tranquil@, que la formación la ponemos nosotros” y menos aún “confiamos en ti”. Nadie confía en nadie. Aquí se apuesta sobre seguro. Y no les culpo. Todos queremos éxito en nuestras decisiones.

A veces, cuando vas sin un Cupido (ni padrino, ni amigos de por medio), la oportunidad reside en que seas un Dios/a y que sepas de todo. Que tengas años de experiencia y que por supuesto no hayas trabajado siempre en el mismo campo. Es decir, muchos años haciendo cosas diferentes. Complicado.

Debes venderte bien, aquí no hay cabida para titubeos ni inseguridades, tu eres el candidat@ perfecto. Aunque siempre te lo digan y nunca te elijan. No eres tú, son ellos. Eso, no lo olvides.

Agradece a los reclutadores que te den feedback de tu proceso, tan poco frecuente y tan necesario e importante como la contratación final…

No desesperes. Manténte en pie, continua con tu plan B, alumbrará tu camino cuando no sepas donde ir. No te obsesiones, llora cuando sea necesario y sobre todo permítete seguir disfrutando de lo que te hace feliz. A veces, las puertas cerradas son desvíos necesarios. Confía en ellos.

Ahora, entiendo a esas jóvenes (y no tan jóvenes) promesas del campo de especialización que sea, que recogen todo y se van. Se van lejos, empiezan desde cero y reniegan del retorno. Ahora, les entiendo. La búsqueda, a veces, rompe esquemas internos, fragiliza fortalezas y rompe fronteras, las de uno mismo y las de fuera.

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El significado de la tristeza

Estar triste no es malo. A veces, se hace necesario para llevar todo. Vivimos tiempos tristes como sociedad aunque supongo que más de un@ vendría con esto de serie ya.

Pocas veces se habla del peso abrumador que conlleva estar triste. Esas pesas invisibles atadas al cuerpo que sin saber cómo te arrastran algún lugar donde la horizontalidad es un requisito fundamental. Ahórrense comentarios optimistas y frases de Mr. Wonderful (tan necesarias a veces y tan inoportunas en otras). Cuando de lo que se trata, aparte de estar, es de soltar progresivamente; por eso de no llevar el vaso demasiado lleno.

Se nos inculca luchar contra la tristeza y sonreír a toda costa, cuando de lo que se trata es de mostrar la emoción tal y cómo es para hacernos más fuertes, resilientes y saberlo gestionar. Y esto solo es apto para valientes que saben llorar.

Desde hace un tiempo no lucho contra aquello que no necesito ganar, sencillamente viene, me recuerda algo y luego se va. Y así con la mayoría de las cosas que vienen sin avisar.

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Después de todo y de nada

Aprendí a saborear cada copa, cada tapa y cada momento compartido con mis amig@s. Volví a sentirme privilegiada por seguir siendo parte de un todo aunque a veces algunas piezas se hayan perdido por el camino. A escucharme primero para luego poder decir no con firmeza y rotundidad.

A ser más libre sin perder la esencia y la inocencia que siempre me acompañaron. Fui más pausada y menos ansiosa. Y descubrí que no siempre fin de semana es sinónimo de salir.

Deje de pintarme los labios, para centrarme más en los ojos del que mira y en los ojos que son mirados. Me desprendí de los abrazos (tan necesarios) y los besos y aprendí a transformar palabras en el amor más puro y limpio que puedas imaginar.

De vez en cuando sigo haciéndome las mismas preguntas y alguna que otra vez vienen los mismos pensamientos, pero he aprendido a confiar en el azar o en lo que tenga que venir y acoger cada cambio y cada decisión como la mejor de las opciones.

Dejé de planificar a semana vista para hacer planes con dos días u horas de antelación .Y volví a conducir. Y a escuchar los discos de Shakira mientras lo hacía.

Hay cosas que se han parado, y otras, que irremediablemente no volverán a ser como antes. Por eso, ante la desorganización mundial, la falta de empatía y responsabilidad colectiva, me dedico a fluir, a reordenar mi caos personal para que este, sin duda, sea el mejor de mis momentos.

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Lo que aprendí (y aprendo) fuera de “la zona de confort”

-Si trabajas de cara al público debes mantener las buenas formas en todo momento.

-La gente no sabe aburrirse, irremediablemente necesitan una pantalla para llenar su viaje en metro con estímulos efímeros.

-Hay historias y circunstancias que irremediablemente pocas veces sabrás y aun así seguirás juzgando ciertas actitudes y situaciones.

-La educación y los valores empiezan desde pequeño. Muchos adultos están corrompidos por dentro justificando sus acciones al “me he cansado o soy así”.

-Hay gente irremediablemente atractiva e irremediablemente joven.

-Si miras en vez de ver, descubrirás que hay barrios con identidad propia, con matices y con historias de superación detrás.

-Cualquier situación de riesgo se termina por normalizar, se deja de tener respeto a la enfermedad y se saltan las normas, las reglas y hasta la empatía.

-Descubrirás que quien te quiere ayudar, aunque sea en la distancia y con falta de recursos lo hará vía whatshapp, vía comentario o vía foto. Cuando menos te los esperas. Menos mal.

-Cuando no hay nada que perder ni ganar, te lanzas. Arrancas el coche, pones el GPS y si te pierdes no importa, vuelves a empezar.

-Cada día será un comienzo nuevo. Una nueva oportunidad o un nuevo descubrimiento.Es quizás esto último lo que más valorarás de estar fuera de tu zona de confort. El dejarte sorprender S I E M P R E.

-Precisamente el “volver a empezar” no es una opción, es un estilo de vida, donde la palabra riesgo carece de importancia.

Cuando estás fuera de la zona de confort, hay menos miedo y más ganas. Más inquietudes y menos dramas. Más seguridad interna pero menos calma.


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